martes, 6 de febrero de 2007

Barbie


Mírate, bella, hermosa como ninguna otra. Así, como tú querías, como las princesas de cuento, como una hada, más que una Afrodita.
Mírate ahora en el espejo de la bruja. En efecto, dice que eres “la más bonita”, aunque yo sé que tú no lo escuchas.
Te ves como una muñeca de porcelana, como un maniquí, como una modelo que acapara todas las portadas, la preferida de Revlon, Cristian Dior, Dolce & Gabana y Versassce. Mírate, ahí, en esa caja que a punto está de tragarse la tierra: flaca, pálida, como la mismísima muerte.
Mírate:
pastillita para dormir
inyección para adelgazar
envidia de tus amigas
supermodelo / superstar
la rubia que todos los hombres quieren
prototipo de la mujer en el mundo
el sueño de una niña, mañana
Miss Universe: carne pegada al hueso, espiga que camina en cuatro patas
[porque no puede sostenerse en pie.

Barbie.
Mi Barbie.
Mírate, mi niña, hija mía, en ese ataúd, flaca, pálida, modelo inerte de una vida cosmopolita.

Voyeur



No eres observador. Más bien te gusta mirar porque mirar te excita.
Pero no miras a la gente a los ojos ni tampoco su cómico andar desde el cuarto piso del condominio en el que vives. Eres discreto, más que un espía. Tu aliado es la penumbra de una habitación que guarda tus más vergonzosos secretos.
Desde lo alto, binoculares acercan a tus ojos el túnel misterioso que se abre entre los pechos de las mujeres. Pero eso tan sólo es para perder el tiempo, mientras esperas a que llegue Joaquín de la escuela.
Él no sabe que tú lo sabes, pero más vergüenza te daría a ti que supiera lo que haces, y peor aún si se enterara del orificio que hiciste en la pared de su cuarto al darte cuenta que había crecido. Acertaste. Acertaste al decirle a tu esposa que su comportamiento era extraño. Pero prefieres callar y mirar a Joaquín y a su mejor amigo, los que creen engañarte cuando dicen que harán la tarea, pero se encierran para sostener relaciones sexuales. Sí, ahí, en el cuarto que un día tú decoraste con soldados y aviones para tu único hijo.

lunes, 5 de febrero de 2007

Mala suerte


Nunca creyó en supersticiones. Dos veces rompió espejos por accidente pero no le dio importancia, como jamás tomó en cuenta que se le atravesara un gato negro al conducir.
Manuel tenía dos vicios irremediables: el póquer y el alcohol. Más que a la mala suerte, a eso atribuyó las vicisitudes por las que atravesaba: su esposa le exigió el divorcio, llevaba seis semanas sin empleo y estaba a punto de perder su casa por saldar una deuda de juego.
Desesperado ante las tragedias, una mañana el coraje lo invadió en el baño. De un puñetazo rompió el espejo del botiquín. Curiosamente, no hirió su mano. Fluyó la sangre de su rostro fragmentado.

La fe de un náufrago


Una botella de vino fue arrastrada por el mar a la orilla de una playa turística. A punto de colocarla en la basura un rescatista, un niño le advirtió que no lo hiciera porque tal vez un genio podría estar atrapado.
El rescatista sonrió y en su intento por demostrar la inexistencia de seres mágicos, le quitó el corcho al envase. Del casco vacío salió el grito de auxilio de un náufrago atrapado en una isla desierta.

sábado, 20 de enero de 2007

EL INCENDIO


Una noche mamá nos despertó alarmada.
—¡Se quema la casa! ¡Se quema la casa! —gritaba.
Tenía un claro paisaje de terror en el rostro.
Yo, al ver la mano macabra de la llamarada
no le di importancia y me eché a dormir de nuevo.
Aquello, no era tan grave.
A diario, la lengua endemoniada de mi padre
desataba peores infiernos.

EL DESTIERRO


Guardé mis sueños y la corbata favorita en una caja de zapatos.
Doblé el consejo de mi abuelo junto a retazos capitulados de mi vida adolescente.
Mi corazón palpitaba de coraje, libertad, miedo.
Un gesto indiferente quedó tras una puerta.
Y frente a mí:
la boca de un monstruo se abría para devorarme.

MI CUERPO, ESA CASA QUE...


Cierta vez me di cuenta que mi casa también era mi cuerpo.
Y tiene puertas y ventanas por donde uno sale o escapa
—según el caso— de la mejor manera o como mejor convenga.

En esta casa que ostento y llevo a donde quiera
me di cuenta, también, que clausuré toda salida, todo acceso.

Adentro quedó un pájaro con alas rotas.

Afuera, sin llave, quedó un niño en la oscuridad de un bosque.
A la casa, olvidó el camino de regreso.